La elipsis de El sur y nuestro defecto fatal.


En el transcurso de la historia hay una serie de ironías, dígase de una situación que marca un fuerte contraste, algunas más crueles que otras. Más en la historia del cine, un invento atribuido generalmente a los hermanos Lumière (dejemos esta oración abierta para otro análisis), ante el cual Louis, el pequeño de la pareja, reaccionó con un rotundo “el cine es un invento sin futuro”. En EEUU nació entre litigios por la patente que sustentaba con tiránico poder el monopolio de Edison. Los independientes, esos “judíos aprovechados” a los que el inventor de la bombilla (o por lo menos uno de ellos) se refería con tanta gracia y antisemitismo, acabaron ganando la batalla judicial y, acto seguido, con los 20 millones que el Tribunal Supremo obligó a indemnizarles, prosiguieron a crear otro monopolio, esta vez, eso sí, controlado por ellos. 


El sur (1983)

En España, tenemos nuestras propias ironías, siempre mucho más tristes que las suyas. Y no hace falta alejarse a los años veinte del siglo pasado, si uno piensa, por ejemplo, en el aprecio que rendimos por una figura como la de Pedro Almódovar dentro de nuestro país y el prestigio que tiene fuera. Y en el mismo orden podríamos resumir la historia del cine español. Puede que sea simplemente parte del autodesprecio común a nuestra cultura lo que nos haga criticar las actuaciones de nuestros actores y aclamar, al mismo tiempo, el doblaje que destruye toda actuación que no sea nuestra. Quizás una acumulación de malas decisiones, eso me ayudaría a entender por qué vivimos en el país con más escritores y menos lectores. O puede, simplemente, que se trate de nuestro defecto fatal. Se me pasa, de todas formas, bien entrada la mañana. 


Victor Erice es uno de los nombres de nuestra cinematografía más inabarcables y, de nuevo, resulta algo irónico, porque también posee una de las filmografías más breves, con apenas tres películas. Como sucede con la buena poesía, tratar de apuntar de donde surge la fuerza de su cine resultaría al mismo tiempo un ejercicio eterno y estúpido. Supongo que en la mayor parte de los casos es una combinación de la métrica, las figuras literarias que juegan en escena, tal vez también tenga algo que ver con poner tres en lugar de dos adjetivos o donde va colocada la coma. Y por supuesto, todo lo demás. 


Prefiero no caer, de momento, en lo que acabo de definir como un ejercicio eterno y estúpido. Sobre todo, más que por lo segundo, porque los artículos eternos no se acaban de escribir nunca. Igual que me fascina aquel verso de Machado: “Hoy es siempre todavía”. Hay una figura muy parecida que me cautiva, por encima de todas, en el cine de Erice. Posee un dominio exquisito de la elipsis. Un marcador que emplea, con más vigor, en El sur (1983). Una película que abre con el amanecer despertando a una joven Icíar Bollaín y una voz en off (también muy refinada) que nos lleva a un pretérito durante el resto de la primera mitad de la cinta. La segunda gran elipsis vuelve a Bollaín, pero un tiempo antes del inicio, así, la segunda mitad de la película se vuelve simultáneamente un temporizador conectado a una bomba y los restos de la explosión. La última volverá al mismo amanecer, pero fuera de la habitación. En este mecanismo se fundamenta toda la estructura de la película, plagada a su vez de otras tantas, que nos muestran el inicio y el fin de una vida.


Sonsoles Aranguren y Icíar Bollaín en El sur (1983)


Cuando el sol ejerce el movimiento contrario y pienso en ese defecto fatal, en esa ironía cruel. Siempre acabo en esta elipsis.Y pienso en la bicicleta de Estrella. Ha perdido tanto por el camino. Es con certeza un truco, es otra bicicleta, por supuesto. Puede, después de todo, que sea en esta elipsis en la hemos perdido tanto. Y hemos ganado con tan poco. 

 

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